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La gloriosa realidad del trabajo

“Todos permaneceríamos ociosos, si pudiéramos”. Así han opinado muchos a través de toda la historia. En nuestras culturas indoamericanas se sigue pensando que “el astuto vive del zonzo y el zonzo de su trabajo”, y eso habla de la poca simpatía que tiene el tema del trabajo entre nosotros.


Aun al sentarme a escribir sobre este aspecto me encuentro con un “fantasma” que parece estar “espiando” por arriba de mi hombro. Es el fantasma de tu interés en lo que escribo.


¿Por qué es el trabajo tan maltratado como tema? ¿Es una bendición o una maldición? ¿Dios lo inventó? ¿No hizo Él “todo bueno”?




El excitante diseño original


Dios nos ha diseñado para ser ejecutivos/as, productivos/as, laboriosos/as, obreros/as y administradores de lo que Él mismo puso en nuestras manos. No fuimos creados para ser adoradores estáticos de un megalómano Dios, sino para que su gloria fuera manifestada a través de nuestra efectividad. Fuimos creados por un Dios que deseó compartir el protagonismo con nosotros. Muchas cosas fueron puestas en su lugar como meros testimonios o inanimados observadores de la historia (al menos eso es lo que nuestro entendimiento cree), en cambio nosotros fuimos hechos partícipes de ella. ¡Y eso es excitante! El sirviente aquel que ponderó tanto la grandeza y lo temible de su señor (Mt. 25.24) al punto de quedar sin hacer nada, pues fue desechado y tenido por negligente y malo precisamente por eso: por administrar “haciendo nada”, aun cuando verdaderamente respetaba a su señor. Él no entendió el protagonismo, y tal vez estuvo todo el tiempo lamentándose por la “tremenda carga de la responsabilidad que le habían dado”.


Dios nos ha hecho “hacedores”, “productores”, gente que trabaja para adelantar ya sea proyectos, programas, trabajos, etcétera. “¿Qué proyecto llevo adelante levantándome a las cuatro de la mañana para tomar el arado y herir la tierra cada día?”, tal vez pregunte el campesino. Pues él está participando en el gran proyecto de vivir y ganarle a un mundo caído, hostil, un mundo que se deteriora a cada paso, y si no hace su parte de trabajar la tierra, por más que Dios haga la suya enviándole el agua no podrá –ni él ni nadie– conseguir algo de allí. Los logros están reservados a los que protagonizan la vida como activos, no a los que se quedan en la cerca mirando.




El enemigo también trabaja para ganar


La astucia –y larga vida– del tentador le ha permitido a este degradar tanto el concepto original del trabajo que millones de personas se levantan cada día experimentando la frustración de “tener que ir a trabajar”. Él ha logrado el gran éxito de instalar la derrota en miles y miles de corazones humanos. En lugar de adoptar la actitud de “ir a lograr objetivos”, estos se detienen en cosas reales pero no esenciales, tales como “¡Otra vez ir a aguantar al jefe!”, o “¡¿Hasta cuándo tendré que lidiar con esta máquina!?”. Pablo, un hombre de nuestra iglesia, me decía: “Hace doce años que tenemos nuestra familia con Rosita. Tenemos tres hijos y apenas podemos vestirlos, darles de comer y enviarlos a la escuela”, me decía un sábado a la tarde que los estaba visitando. “Hace doce años que estamos igual; no hemos podido adelantar en nada”. Este hombre era obrero en una fábrica de comestibles y siempre lo recuerdo trabajando duro, haciendo horas extras y privándose de muchas cosas con Rosita, su esposa, para poder entrar al mes siguiente sin deudas. “Déjame decirte en qué has adelantado, Pablo”, le contesté. “Hace doce años ustedes se casaron y formaron un hogar. Lo hicieron en medio de un mundo que no regala nada y que, cuando puede, destruye a sus miembros. Todos estos años tanto tú como Rosita han adelantado mucho. Sus hijos han crecido bien gracias al esfuerzo de ustedes dos. Tener una familia y tener hijos no es meramente tener relaciones sexuales y nada más. Es muchísimo más que eso. Ustedes dos han estado siendo los verdaderos instrumentos en las manos de Dios para que Rubén, José y Mariana tengan al menos las mismas responsabilidades que ustedes tuvieron. Si no hubieras trabajado duramente estos años, ¿qué sería de ellos ahora –si aún vivieran–? Tal vez vagabundos, niños abandonados, pequeños mendigos como tantos otros. Mira el fin de los hijos de los perezosos y compáralos con los tuyos. ¿Has adelantado algo? ¡No dejes que el Ladrón te robe esa gran verdad!”


Por supuesto que la vida es difícil, pero no dejemos que se oculte el verdadero logro cotidiano de avanzar, de alimentarnos, de vestir a los nuestros, de invertir aun pequeñas cosas en quienes nos rodean.



¡Cuántas veces llegan a nosotros personas expresando su frustración por tener que trabajar tanto para siempre estar igual! Y todas esas veces, al inicio, nos sentimos sin respuestas. Por mi respuesta a Pablo, sé bien que si Marx me escuchara me tacharía de “predicador de vanos éxtasis”, sin embargo la verdad es que gran parte de la frustración existente se debe a un juicio parcial de las situaciones. En pro de las luchas laborales y sindicales –muy justas muchas de ellas– se ignora buena parte de la realidad. El trabajo en sí no es una maldición; no es consecuencia de la Caída. Dios puso al hombre a trabajar antes que eso; lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo guardara. Dios lo puso a trabajar aun antes de darle esposa (Gn. 1.26). Por supuesto que después de la Caída el asunto cambió, y Dios también se refirió a los cambios que se operarían con respecto a las labores. Pero en el fondo de la cuestión, con mayor o menor esfuerzo, fuimos invitados a ser protagonistas de la historia.




Manifestación del carácter de Dios


Mediante el trabajo damos testimonio de la imagen de Dios. La Biblia no denigra al hombre y a la mujer sino que los exalta a su debido lugar. Él es un Dios activo; “mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Jn. 5.17). “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”, había dicho en el 4.34.


Excepto aquel primer sábado de la Historia, todo lo que conocemos del Dios Trino se relaciona de una manera u otra al trabajo. Tanto sus atributos como sus características personales, sus manifestaciones, revelaciones, sus obras, etcétera, etcétera, nos hablan de Él en alguna situación de trabajo, logrando objetivos y de actividad productiva. Todavía hoy Dios está actuando en el mundo, llamando y conduciendo mediante Su evangelio y el poder de Su Espíritu para transformar nuestras vidas.


Aun más, Él trabajó en nosotros de tal forma que lo hizo sacrificial y esforzadamente. Déjame decirte algo: Dios se esforzó a lo sumo al entregar a Cristo, su Precioso Hijo. La obra de Jesucristo en su encarnación y todo lo que ella significó realmente rebosa largamente todos los parámetros que podamos nosotros manejar para “medir” el trabajo y el sacrificio. También es un esfuerzo sacrificial –si así podemos describir eso– su actitud de perdonarnos repetida y constantemente todas nuestras iniquidades. No alcanzamos a entender el sacrificio que significa para el Santo, Precioso y Perfecto Espíritu Santo de Dios el soportar nuestra realidad pecadora y permanecer en nosotros. Por nuestra parte nos gozamos con su sello, con su bautismo y con toda su ministración; hasta a veces nos gloriamos ignorantemente de tenerlo como “trofeo precioso” y “adorno” de nuestra existencia. Sin embargo, tiemblo cada vez que pienso en qué experimenta el Espíritu al estar en mi pobre y pecadora vida… ¡y estar dispuesto a permanecer! ¡Eso es misericordia y amor! ¡Eso es amor que todo lo soporta! Por supuesto que todo esto –y mucho más– excede a nuestro entendimiento, pero aun cuando no discernimos el verdadero alcance del sufrimiento, el sacrificio y el esfuerzo del Dios Trino en nosotros, con toda seguridad podemos decir que no le es nada fácil, por más Todopoderoso que Él sea.


Con una visión como la descripta, es fácil ahora deducir que sí hay relación entre la imagen de Dios y el trabajo humano. Él ha sido un trabajador siempre. Y si nuestro Dios es un Dios que trabaja y somos creados a su Imagen, mediante nuestro trabajo también estamos dando expresión de esa Imagen modelo.




“Es el pecado que rompe, que mata…”


A partir de la caída del hombre en pecado, su situación laboral cambió rotundamente (Gn. 3.17-19). Lo que sería un protagonismo en una atmósfera de completa y permanente felicidad y complacencia, un trabajo en una estructura universal que atendiera todas las necesidades humanas, se tornó en una vida de lucha para revertir la nueva tendencia natural hacia el desorden. “Maldita será la tierra por tu causa”, dijo Dios. Al pecar, el hombre se separó de Dios, pero también de la armonía natural. La naturaleza, que fuera creada conforme al hombre, ahora seguiría un camino independiente a éste –y compartiría ella misma la maldición–. De habitante permanente y señor pasó a ser peregrino. La tierra, ese hábitat que fue creado para él, ahora le sería extraña. Tendría que trabajar “con sudor”, batallando contra la nueva corriente de la naturaleza.




Diaforesis


“¿Qué nuevo término teológico es ese?”, preguntarás. Es una palabra que recibimos del latín, y este a su vez del griego. Y la uso porque me resultaba desagradable colocar la palabra sudor en el subtítulo. Parece más elegante hablar de diaforesis que de transpiración. Sin embargo, por usar otros términos más elegantes no cambiaremos la realidad. El Señor dijo que deberíamos sudar para comer y proveernos, y por más que le demos vuelta al asunto, sin sudor no habrá pan. Si lo queremos más académico, pues podemos decir que “sin diaforesis no habrá nutritus”.


Ese no fue un mandamiento divino opcional, sino la declaración de Dios sobre el nuevo orden de la naturaleza: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…" (Gn. 3.17-19).


“Parece que hay varios personajes que se escapan de la regla”, me parece escuchar por allí. Y la verdad es que con suma pena reconocemos que sí. No obstante, para que algunos coman sin sudar, pues debe haber alguien que lo haga por ellos. “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”, predicó y escribió el apóstol Pablo. Los niños comen porque sus padres sudan por ellos –por lo cual, aunque de a poco, es bueno que ellos aprendan a sudar como ley vital–, sin embargo hay muchos que persisten en actitud de “niños” cuando ya son adultos. Esto no invalida la orden de Dios sino que manifiesta la gravedad del pecado. Por esto muchos movimientos sindicales y de rebelión se han levantado en la Historia. ¿Estás ganando genuinamente tu pan o alguien suda por ti?




Aun así, la ESPERANZA está vigente


Esta nueva realidad ha cambiado significativa y radicalmente la forma en que debemos trabajar desde aquellos momentos de la creación, en el Edén. Todo ha cambiado pero no significa que hemos dejado de ser protagonistas. El arreglo de Dios con Noé sobre sus responsabilidades fue distinto al que había hecho con Adán. Sin embargo, Dios nos hace partícipes de sus planes y nos “re adopta” en Cristo como protagonistas. No somos “animales especiales” que durarán hasta que todo acabe, sino que hemos sido invitados a participar del Reino de Dios, este nuevo reino que Él ha venido gestando con Cristo como centro y pivote. Somos llamados a participar como padres, como obreros/as, como maestros/as, como hijos/as, como esposos/as y en el rol que cada uno tenga. “Nuevas criaturas somos” de un nuevo reino. Ese reino ya ha comenzado en los corazones de los renacidos, y aunque todavía vivimos en el ámbito viejo, uno nuevo nos espera por los siglos de los siglos. ¡Qué pobre esperanza tienen los que trabajan sólo para esta vida! ¡Qué glorioso es trabajar sabiendo que esta vida es la mera introducción a una maravillosa!



Por esa fe se nos han criticado y perseguido, pero nosotros, sabiendo en Quién hemos creído, trabajamos y nos esforzamos para adelantar en nuestra vida y en la de nuestros hijos. Esa fe es una fe próspera, ya que nos ayuda a mejorar. Pero no es la mejora que viene milagrosamente la que buscamos, sino aquella que viene porque Dios confirma el trabajo de nuestras manos. Ahora estamos de acuerdo con Dios y Él favorecerá nuestro trabajo, para que nuestro sudor fructifique más, ayudándonos a que el ladrón no desbarate nuestra labor.


Muchas veces el Señor proveerá para nosotros aun cuando flaqueemos, pero lo hará por su buena voluntad y por su gracia misericordiosa en auxiliarnos en momentos de necesidad. Él sigue proveyendo con gozo y suficiencia a los que han aceptado el reto de seguir sudando.



Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 4. Desarrollo Cristiano Internacional, todos los derechos reservados.

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