Un nuevo corazón para la nación

Actualizado: ene 17


El mensaje de los profetas: Esperanza para la reconstrucción

Ezequiel 36


Los profetas fueron personajes muy interesantes que Dios usó en momentos muy difíciles y particulares de la historia de la nación de Israel. En esta serie de artículos, nos concentraremos en los mensajes de algunos de los profetas conocidos como los profetas del exilio, que fueron figuras clave en la historia de Israel. Veremos que, en los momentos difíciles de la vida de la nación, el mensaje de Dios llegaba para dar respuesta a las preguntas acerca del porqué. El mensaje de los profetas constaba de múltiples visiones y explicaciones; muchas veces era complicado, debido a que la realidad que vivieron tampoco es fácil de explicar.


El mensaje profético habla de la profundidad y la complejidad de las situaciones que vivió Israel y que vivimos hoy nosotros. Habla del impacto del mal, pero también deja ver la obra de Dios de diferentes maneras. Nos ayuda a entender el porqué, pero también el qué y en qué esperar; la esperanza es un elemento clave en el mensaje de los profetas. En los tiempos de bonanza, cuando la vida es fácil, no necesitamos que nadie nos diga cómo vivir, pero sí necesitamos esa guía en tiempos difíciles. Para vivir la esperanza y entender la esperanza, necesitamos el mensaje de la palabra de Dios.


Los profetas son los portavoces de la esperanza. Ellos nos explican la esperanza que debemos tener en tiempos difíciles, pero también nos ayudan a planificar. En aquellos tiempos, sus palabras anunciaban un futuro y preparaban al pueblo. Así lo vemos en el libro del profeta Jeremías, cuando él mandó una carta al pueblo que estaba cautivo y les dijo cómo planificar su futuro de una forma muy concreta.


En estos tiempos, el mensaje de los profetas nos ayuda a pensar en nuestra realidad presente y también en nuestra restauración. Es probable que Ezequiel 36 sea el capítulo más rico de su libro en términos teológicos. Tiene una riqueza y una belleza impresionantes, que pretendo explorar en los siguientes párrafos. El mensaje de este capítulo bíblico es tal vez la síntesis de todo el mensaje del profeta Ezequiel: habla de la acción salvadora de Dios a favor de su nación y resume en qué consiste la salvación de Dios para su nación. Nos detendremos a continuación en cuatro ideas centrales de este capítulo.



I. La necesidad de salvación


Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, mientras la casa de Israel moraba en su tierra, la contaminó con sus caminos y con sus obras; como inmundicia de menstruosa fue su camino delante de mí. Y derramé mi ira sobre ellos por la sangre que derramaron sobre la tierra; porque con sus ídolos la contaminaron. Les esparcí por las naciones, y fueron dispersados por las tierras; conforme a sus caminos y conforme a sus obras les juzgué. Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo nombre, diciéndose de ellos: Estos son pueblo de Jehová, y de la tierra de él han salido. Pero he tenido dolor al ver mi santo nombre profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde fueron.
Ezequiel 36:16-21

Para entender el contexto de estas palabras, recordemos que el pueblo, en su gran mayoría, había sido llevado cautivo a Babilonia. Los babilonios habían invadido su tierra y los habían trasladado desde Jerusalén y otras ciudades a la ciudad capital del imperio. Entre el pueblo cautivo se encontraba Ezequiel, que había sido sacerdote; también el profeta Daniel integraba el grupo de los exiliados, mientras que el profeta Jeremías había tomado la decisión de quedarse en Jerusalén con los pobres. El movimiento profético tuvo una enorme riqueza durante el tiempo del exilio.


En ese contexto, el profeta Ezequiel recibió un mensaje de Dios en donde el Señor le explica por qué el pueblo había sido sometido al cautiverio. Los versículos del 16 al 21 nos hablan del pecado de Israel y de cómo el pueblo contaminó la tierra con su idolatría, al poner a otros dioses en el lugar de Dios. La idolatría había hecho que la tierra quedara manchada de sangre (literalmente la sangre de los sacrificios humanos en los que ofrecían niños). Las palabras de Dios relacionaban la acción del ser humano (es decir, del pueblo del pacto) con la realidad propia de la nación y de la tierra misma.


Este relato expone de una forma sumamente vívida y cabal nuestra propia realidad y lo que ocurre en nuestras naciones: nuestras acciones y conductas (no solamente las de nuestros líderes, sino las de cada uno de nosotros) traen consecuencias sobre la tierra donde vivimos, sobre el lugar donde habitamos. Dios dice que su pueblo manchó y contaminó la tierra misma. De hecho, en el versículo 18, encontramos una alusión incluso a los sacrificios humanos que Israel había cometido. Era tal la aberración que Dios tuvo que intervenir.


La acción de Dios no era arbitraria; el Señor de la historia hace justicia. El castigo que el Señor les propinaba no era más que llevar hasta las últimas consecuencias los efectos de los actos de Israel. Se produjo una invasión y el pueblo fue llevado al exilio. Detrás de los acontecimientos, hay un mensaje de alienación: una alienación de la tierra, de los unos con los otros y, por sobre todas las cosas, de las personas con Dios.


En el versículo 20, se nos dice que, al ver lo que había ocurrido con el pueblo de Israel, las naciones se decían: "Acá está pasando algo extraño. ¿Dónde está su Dios? ¿No se supone que era un Dios soberano? ¿O será que Dios los abandonó? ¿Qué está pasando con este Dios? Parece que los dioses enemigos pudieron hacer más que este Dios de Israel". Dios se apena ante estos dichos. En el versículo 21, se nos dice que se dolió al oírlos:


Pero he tenido dolor al ver mi santo nombre profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde fueron.
Ezequiel 36:21

Israel se había convertido en un valle de huesos secos: de personas que han recibido el juicio y cuyos huesos se hallan expuestos y a la intemperie. No han podido ser enterrados a causa de sus propias conductas y de sus propias realidades. Dios estaba sentando los fundamentos para afirmar que el ser humano tiene una necesidad de salvación que no puede suplir por sí mismo. Israel no podía proveerse a sí mismo su propia salvación. Solamente Dios podía dar soluciones frente a su estado calamitoso.


Tal realidad de dolor y desgracia, esa situación de injusticia, emanaba de su relación con Dios, que fue lo primero en quebrarse. Ese era el origen de sus problemas y la razón por la que Dios dice que "con sus ídolos [...] contaminaron" la tierra. De hecho, ese es el mensaje de toda la Biblia: cuando ponemos otras cosas en el centro de nuestra vida, en el lugar que le corresponde solo a Dios, se genera toda clase de disrupciones, alienaciones, injusticias y violencias. Solo Dios puede hacer algo al respecto. Agradezcamos que, efectivamente, él actúa, porque es un Dios de justicia. En eso consiste la primera parte del mensaje de Ezequiel: necesitamos salvación.



II. La motivación de Dios al salvarnos


Frente a esta situación desesperanzadora, Dios decide intervenir. Los siguientes versículos responden a la pregunta de cuál era su motivación.


Por tanto, di a la casa de Israel: Así ha dicho Jehová el Señor: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado. Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos.
Ezequiel 36:22-23

Dios nos está diciendo que su motivación para salvarnos no somos nosotros mismos, sino que, en primer lugar, lo hace por él mismo. Podríamos pensar: "Qué Dios egoísta"; pero estaríamos equivocados. Sus motivaciones muestran una coherencia absoluta con el orden que él estableció en la creación; Dios dice: "La razón de la salvación soy yo mismo; yo voy a santificar mi nombre; yo voy a demostrar quién es el que gobierna sobre todas las cosas". Él va a restaurar un orden que hoy se halla distorsionado.


Existe un orden de prioridades, pero cuando ese orden se ve alterado, ocurre todo lo que vemos que ocurrió en el exilio. Es necesario restaurar ese orden y solo Dios puede hacerlo posible. Él dice: "La salvación es mía; la salvación viene de mí". Dios es el autor de esa salvación, no hay nada que podamos hacer para ganar nuestra propia salvación. Sus palabras en este pasaje expresan el orden de prioridades divino: "Yo tomo la iniciativa por mí mismo, para mi propia gloria, para mostrar quién soy yo, Aquel que ha creado todas las cosas. Si las prioridades no giran en torno a mí, no existe posibilidad de salvación".


De hecho, nuestro yo real nos espera en Cristo. Nada bueno resulta de tratar de ser uno mismo sin Cristo. Cuando nos volvemos a Cristo y entregamos nuestro yo a su personalidad, por primera vez en la vida empezamos a tener una personalidad verdaderamente propia. Dios es el sol, la fuente de vida... desde ya, me disculpo por lo limitado de la metáfora (Dios es mucho más que el sol), pero tan solo imaginemos qué sería de este mundo sin el sol. El sol es la fuente que da vida y energía a toda la cadena de seres vivos y a toda la realidad de la vida. Sin el sol, todo lo demás moriría. En ese sentido, Dios dice: "Yo soy el sol de todo el universo, y en función de mí y de mi propia vida es como todas las demás vidas pueden hacerse realidad y pueden acabarse".


C. S. Lewis nos regala la ilustración de la sal. ¿Qué hace la sal en una comida? Resalta los sabores. Dios es esa sal. Dios es esa luz, ese ser a partir del cual todo lo demás se define. Nuestra vida tiene sentido solo cuando la definimos tomándolo a él como la referencia suprema. Cuando yo miro ese Sol, mi vida recobra vida; cuando me encuentro en Cristo, mi verdadero yo se encuentra. Solo llego a ser quien realmente soy cuando me acerco a Jesucristo.


De eso se tratan las palabras que Dios dice por boca del profeta. Dios le dice a Ezequiel: "Yo debo restaurar primero mi gloria. Todo lo que está sucediendo se debe a que debo restaurar mi santidad en toda la creación. Cuando lo haga, el sol brillará sobre toda la humanidad y entonces vendrá la verdadera salvación". Qué hermoso y asombroso es saber que la salvación no depende de nosotros, sino que la salvación es del Señor. Basta con considerar cuántas veces se usa en el texto la palabra "yo". El pronombre se reitera una y otra vez. Dios es el centro de todo lo que ocurre. La salvación viene del Señor.



III. ¿Cuál es la acción salvífica del Señor?


Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.
Ezequiel 36:24-27

Detengámonos ahora en una pregunta: ¿Cuál es la acción salvífica del Señor? Es decir, ¿qué es lo que el Señor hace? Dios es quien hace la obra de salvación, pero ¿en qué consiste exactamente esa obra? Cuando enseñamos la Escritura, dejamos que ella gobierne nuestro mensaje. La Escritura ocupa un lugar central en la predicación. No alcanza con contar una buena historia; la Biblia es lo que va a cambiarte la vida. Cada vez que leemos las Escrituras, nos sometemos a un proceso; vamos recorriendo el texto párrafo por párrafo, porque entendemos que la Palabra de Dios es esencial para que haya un cambio en nuestra vida.


Te propongo recorrer juntos estos cuatro versículos sobre la acción salvífica de Dios para que observemos la profundidad y la riqueza de lo que Dios hace. En este pasaje, él describe su salvación en términos de tres etapas: el rescate, la purificación (o el perdón) y la regeneración, que va acompañada de la inspiración (o infusión) del Espíritu Santo.


1. El rescate


... os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.
Ezequiel 36:24

Dios define su salvación en términos de un rescate. Su pueblo había sido esclavizado y esparcido en otras naciones, pero él está determinado a rescatarlos. Entre líneas, vemos la imagen de una gran mano que se extiende, los toma y los coloca de nuevo en su tierra, en su lugar de pertenencia: el lugar de la libertad, el encuentro y la comunión. Dios hace lo mismo con nosotros. Él nos rescata de la esclavitud y la alienación. Nos rescata de la lejanía: nos toma de tierras distantes y de realidades lejanas, alejadas de Dios y de la vida, y nos trae de nuevo a nuestro lugar de pertenencia y libertad. Dios toma a un pueblo que era esclavo y le da la libertad. ¡Qué hermosa imagen!


2. La purificación


Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.
Ezequiel 36:25

En la abundancia y la riqueza de su salvación, lo segundo que Dios hace es purificarnos. En el versículo 25, la realidad de nuestra impureza delante de Dios se presenta como una presuposición. Algunos dicen que la fe que predica la purificación es una religión opresiva, que vivimos en una cultura que nos subyuga y que necesitamos liberarnos. Thomas Hobbes dice que la culpa es una realidad innata del ser humano. Vivimos en una sociedad donde todo el mundo nos dice que tenemos que liberarnos de las culpas. Todas las terapias tienen que ver con librarse de las culpas opresoras. Sin embargo, una vez que lo hemos hecho, comprobamos que seguimos sintiéndonos culpables.


Tal vez la culpa en realidad esté ligada a nuestra condición de seres humanos, necesitados de un perdón que no nos podemos dar a nosotros mismos y que ningún otro ser humano nos puede dar; solo un ser superior y trascendente puede concederlo. Es un perdón que solo un creador nos puede dar. No podemos reprimir esta culpa, ni podemos callarla. Ella nos dice cuánto necesitamos el perdón que solo Dios nos puede dar. Ella es testigo de que les hemos fallado a nuestros ídolos: a nuestras carreras, a nuestros padres, a nuestra propia vida, a nuestras promesas; hemos fracasado y nos sentimos culpables. No obstante, en última instancia, ese sentimiento de culpabilidad apunta a una culpa mucho más profunda: le hemos fallado a Dios; y solamente Dios nos puede perdonar.


Ezequiel habla de una purificación. ¿Por qué? Él presenta la imagen de un agua limpia, no sin mencionar esa inmundicia que Dios puede remover. Sus palabras aluden a los sacrificios que se ofrecían en el templo. Dios había instituido la restauración de las vidas humanas a través del sacrificio de animales. Ese sacrificio prefiguraba el sacrificio de Cristo. Cristo murió en una cruz, en mi lugar, para pagar por mis culpas. En Cristo Jesús, Dios pagó por nuestra culpa; él envió a su propio Hijo para darnos el perdón y la justificación delante de él. Necesitamos ser justificados continuamente. Necesitamos el perdón de Dios.


3. La regeneración y la inspiración


Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.
Ezequiel 36:26

El profeta aquí está hablando de una regeneración: Dios no se contenta con hacer reformas; él nos regenera y nos vuelve nuevas criaturas. Como dice el apóstol Pablo: "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17). C. S. Lewis escribió: "Dios se hizo hombre para convertir criaturas en hijos; no lo hizo simplemente para que los humanos fueran mejores, sino para dar a luz una nueva clase de hombres y mujeres". Dios vino a la tierra a salvarnos, y es tan grandiosa su salvación que produce una transformación, al punto de convertirnos en una nueva criatura.


Jesús habló de esto con Nicodemo y le dijo: "Te es necesario nacer de nuevo". La Biblia llama a este suceso el nuevo nacimiento. El nuevo nacimiento es la regeneración que Dios hace en nosotros, estrechamente ligada a la infusión de su Espíritu en nosotros. La regeneración es una transformación de adentro hacia afuera y está relacionada con la venida del Espíritu, que entra a habitar en ese nuevo corazón. Es un misterio de una profundidad muy grande y poderosa. Argentina, Latinoamérica y el mundo no necesitan un nuevo programa económico para salir adelante; necesitamos una nación cuyos habitantes tengan corazones nuevos y transformados. El mensaje de toda la Biblia es que Dios viene no para reformar la humanidad, sino para transformar a la humanidad.


Cuando inauguramos una de nuestras congregaciones, mi primer predicación estuvo relacionada con Juan 3, el pasaje que trata de cuando Jesús se aparece a un líder de la sociedad como lo era Nicodemo. Hoy quiero destacar, como aquel día frente al púlpito, que Jesús le dijo a Nicodemo: "Te es necesario nacer de nuevo. Es necesario que tu encuentro con Dios sea tan real y poderoso que tu vida sea transformada de una forma radical". Hay cosas en mi vida y en tu vida que no pueden cambiar. La Biblia dice que estamos muertos, literalmente muertos, separados de Dios; pero Dios puede revivir nuestras vidas. Él nos llama diciéndonos: "Hijo mío, hija mía, dame tu corazón, para que yo pueda cambiarlo". Una vez mi abuelo me regaló un cuadrito que aún guardo en mi casa. De un lado, el cuadro reza: "Hijo mío, dame tu corazón". Del otro lado, se halla mi respuesta y la respuesta que todos debíamos darle: "Tómalo, Señor. Es tuyo". Hoy es tiempo de renovarnos en el poder de Dios. Te animo a entregarle tu corazón al Señor.



IV. Las consecuencias


En los versículos finales, leemos sobre las consecuencias de la obra de Dios.


Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios.
Ezequiel 36:28

Nos encontramos aquí con la primera consecuencia de la salvación de Dios: él crea un reino, una nueva nación, una nueva comunidad, que no es más ni menos que la iglesia. Ezequiel continúa enumerando otras consecuencias, pero sin la iglesia, sin una nueva comunidad, la nación no puede cambiar. Seas cristiano o no cristiano, aunque tengas un montón de grandes ideas sobre cómo cambiar este país, si no hay una comunidad en la sociedad, si no hay una iglesia en el barrio, en la ciudad y en la provincia, si no hay iglesia en una nación, no hay posibilidad de cambio. Es un destino mesiánico.


Dios así lo estableció: la iglesia es el factor y el agente de cambio de una sociedad o nación. Por eso, el mensaje para nosotros es que necesitamos plantar iglesias, abrir nuevas congregaciones allí donde no las hay, en cada manzana, en cada esquina y en cada barrio, porque sabemos que ahí yace la semilla de la transformación que Dios tiene preparada para la nación. Dios quiere formar un nuevo pueblo en la tierra. Él está generando nuevos corazones, nuevas familias y nuevas comunidades que viven para él y para el prójimo, pero de una forma pública y diferente. Él quiere volver a establecer su pacto.


Consideremos ahora en los siguientes versículos una segunda consecuencia: la productividad.


Y os guardaré de todas vuestras inmundicias; y llamaré al trigo, y lo multiplicaré, y no os daré hambre. Multiplicaré asimismo el fruto de los árboles, y el fruto de los campos, para que nunca más recibáis oprobio de hambre entre las naciones.
Ezequiel 36:29-30

Argentina es un país donde el 40 % de la población está en situación de pobreza. Un país que tenía la capacidad de producir alimentos para 300 millones de habitantes hoy pasa hambre. ¿Qué nos está pasando? No se trata del programa económico. Tampoco son los gobernantes. Lo que nos pasa es que necesitamos un nuevo corazón, necesitamos una nueva comunidad; solo entonces habrá coherencia en nuestra ética de trabajo y nuestra forma de trabajar: trabajaremos para que la tierra produzca y no para dejar que el monocultivo acabe con todo el equilibrio ecológico para ganancia de unos pocos. Necesitamos equilibrio, pero ese concepto, esa idea de equilibrio, se asimila solo cuando el Espíritu de Dios llena nuestra vida y transforma nuestro corazón. Cuando Dios nos transforme, habrá productividad y, en consecuencia, también trabajo y equilibrio, orden, armonía y shalom de Dios.


El primer paso es el encuentro con Dios, para que nuestros corazones sean transformados. Es maravilloso descubrir que cuando Dios entra en la vida no lo hace diciendo: "Bueno, muchachos, ahora aguanten hasta que yo vuelva y vayan al cielo". No es ese su mensaje. Cuando Dios te transforma, hay consecuencias en tu trabajo, en tu forma de desenvolverte en lo laboral, en tu ética y en tu visión sobre la posibilidad de una transformación. En estos tiempos de pandemia en donde todos hablan del tema del trabajo con pronósticos negativos, la iglesia debe confiar más que nunca en la esperanza que nos da un Dios que hace que la tierra produzca. Cuando la vida se pone en sintonía y armonía con Dios, ese es el fruto.

Una tercera consecuencia es la conciencia. Así lo leemos en los versículos 31 y 32:


Y os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones. No lo hago por vosotros, dice Jehová el Señor, sabedlo bien; avergonzaos y cubríos de confusión por vuestras iniquidades, casa de Israel.
Ezequiel 36:31-32

Dios está diciendo algo difícil de escuchar. Esta nueva sociedad, el nuevo pueblo que surgirá, va a levantarse con un espíritu de humildad. Así lo vemos también en Pablo, que había sido perseguidor de la iglesia y se convirtió en el apóstol más importante que tuvo la humanidad. Él decía: "yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios" (1 Corintios 15:9). Pablo fue capaz de afirmar que él hizo todas esas atrocidades en su pasado, pero no lo confesó con culpa, sino con un sentido de humildad, como quien dice: "Si estoy en este lugar no es por mis propios méritos; es por lo que Dios ha hecho por mí. Por la gracia de Dios y solo por eso, estoy en el lugar donde estoy hoy".


Dios nos dice que nos avergonzaremos de nuestro pasado no para que nos sintamos culpables, sino para recordarte que si hoy estás aquí es por la gracia de Dios. Siempre vas a recordar de dónde te sacó Dios. Esa conciencia trae humildad a tu vida y también te da la seguridad y confianza de que, si Dios te dio lo que hoy tenés, nadie te lo va a poder quitar. Cualquiera puede quitarte lo que vos ganaste, pero nadie puede quitarte lo que Dios te dio. La nueva nación que Dios está formando es un pueblo seguro de sí mismo, que está confiado porque sabe que la clave de su seguridad está en recordar siempre de dónde venimos. Esa historia tan triste que has vivido sin Dios y la marca de la restauración en tu corazón, tu testimonio, es lo que trae seguridad a tu forma de vivir el presente y el futuro.



V. Una última verdad para terminar


Así ha dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de todas vuestras iniquidades, haré también que sean habitadas las ciudades, y las ruinas serán reedificadas. Y la tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron. Y dirán: Esta tierra que era asolada ha venido a ser como huerto del Edén; y estas ciudades que eran desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y habitadas. Y las naciones que queden en vuestros alrededores sabrán que yo reedifiqué lo que estaba derribado, y planté lo que estaba desolado; yo Jehová he hablado, y lo haré.
Ezequiel 36:33-36

Hacia el final de este pasaje, Dios nos dice que las ciudades son habitadas y restauradas, que la tierra es labrada y que hay un nuevo y maravilloso equilibrio entre la ciudad y el campo, una armonía edénica, un escenario ideal casi como al que apunta el mandato cultural que Dios les dio Adán y Eva: "llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread". Este Dios que restaura trae un equilibrio, una armonía. Las ciudades son levantadas y habitadas, la tierra es cultivada y labrada, y se restaura una armonía hermosa como consecuencia de este nuevo corazón que Dios pone en su pueblo. Sus obras son un testimonio. Dios dice: "Sabrán que yo soy Dios; sabrán quién es el gran Dios que ha hecho estas cosas". Nosotros sabemos quién es ese Dios, lo hemos conocido: es el Dios que te da esta visión tremenda y maravillosa de la salvación para una nación.



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