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Tú, sígueme

A comienzos de 1956, todos los pediatras argentinos quedamos involucrados en una lucha a muerte contra ese flagelo de los niños, el virus de la poliomielitis. La terrible epidemia de poliomielitis del año 1956 terminó a mediados del mismo año, pero dejó a miles de niños lisiados; entre ellos, muchos con secuelas muy graves del aparato respiratorio. —Hay cincuenta niños en pulmotor y no es posible que sigan toda la vida en el hospital, mirando al techo. Yo me desempeñaba entonces como subjefe de la sala de infectocontagiosas del Hospital de Niños, y hablaba con el coordinador del programa nacional contra la poliomielitis, que era un destacado experto en rehabilitación. —Estos niños necesitan una oportunidad —continué—. Necesitan terapia ocupacional, terapia vocacional, terapia física, una pileta, una unidad de psicología, una... en realidad, necesitan un centro de rehabilitación integral. ¡Y lo necesitan ahora! —Vamos, vamos doctora —me respondió— no se puede abrir un instituto de rehabilitación así como así. Se requieren dos o tres años para organizarlo adecuadamente. —Eso está muy bien, doctor —le contesté, un poco acalorada—, pero no podemos esperar. Hay cincuenta niños en este hospital, pero también en otros, ¿y usted me pide que espere dos o tres años hasta que se organice un instituto modelo para ellos? Doctor, no podemos esperar. —¡Ustedes las mujeres! ¡Nunca pueden esperar! Siempre quieren todo al momento, y consiguen todo lo que quieren, porque no les importa pedir y pedir.


En realidad, no fue necesario ‘pedir y pedir’. Una vez más, busqué la orientación de mi Padre. Todo lo que tuve que hacer luego fue invitar a las autoridades a visitar las salas de polio del Hospital de Niños. ¿Quién podría olvidar ese cuadro de decenas de cabecitas morenas y rubias que emergían de los enormes aparatos respiratorios que encerraban sus pequeños cuerpos? —Digame qué necesita, doctora —fue la respuesta invariable de los funcionarios. Así lo hicimos, el doctor Aquiles Roncoroni y yo. Mi colega acababa de regresar de un seminario de fisiopatología respiratoria, y a ambos se nos ofreció la responsabilidad de organizar un centro piloto de rehabilitación respiratoria. Después de ver varios edificios desocupados, elegimos, por ser el que más se adaptaba a nuestros fines, un predio anteriormente destinado a un dispensario para tuberculosis, el ‘María Ferrer’. Este edificio había sido donado a la Sociedad de Beneficencia de la Capital por los familiares de dicha señora; en 1956, hacía ya mucho tiempo que no se utilizaba como dispensario. —¿Usted sabe cómo organizar un instituto respiratorio? —me preguntó el futuro director. —No, yo no. ¿Y usted? —Yo tampoco —fue la respuesta. —Pues, entonces, habrá que ir a averiguar cómo se hace —le respondí.


Gracias a un subsidio, visité cinco de los centros respiratorios en Norteamérica. Con generosidad, me brindaron sus experiencias y conocimientos. Fue un mes de enorme valor. Al regresar a Buenos Aires, abrimos el flamante Centro de Rehabilitación María Ferrer, situado en la calle Patagones 849 y, un día de primavera de 1956, el jefe de endoscopía del Hospital de Niños, doctor Carlos Arauz, y su equipo, trasladaron a todos nuestros chicos —en ambulancia y respirándolos con aparatos manuales— desde las salas de poliomielitis del hospital hasta el nuevo instituto específicamente habilitado para ellos. El doctor Roncoroni fue su director, y yo su vicedirectora. Los recursos, mínimos. Después de los primeros días de adaptación, el trabajo en el nuevo Centro comenzó a desarrollarse en forma armoniosa y muy eficiente. Los pacientes respondieron a la labor entusiasta del equipo de rehabilitación en forma muy positiva. Pero pronto aparecieron nubes oscuras. El ambiente estaba cargado de rumores muy preocupantes. Se decía que el Ministerio de Salud Pública ya no tenía fondos y que los hospitales recientemente creados ni siquiera figurarían en el presupuesto del próximo año. Para nuestra desazón, los rumores se confirmaron. El propio ministro nos informó que no había fondos para mantener nuestro Centro. Por lo tanto, tendríamos que cerrarlo. —¿Cerrarlo? —le dije al director— ¿Mandar a los chicos de nuevo a un hospital? ¡Imposible! La comunicación oficial, sin embargo, era bastante terminante. El ministerio había agotado todos los ‘fondos extraordinarios’ que tenía a su disposición. —No podemos hacer esto a nuestros chicos —seguí insistiendo, pero mi colega no veía ninguna alternativa y se retiró a su despacho.


Quedé sola.

¿Sola? ¿O con la puerta abierta al corazón del Padre de misericordia y amor? ¿Cuántas veces había visto cómo respondía en el momento y la manera oportuna? ¿Acaso no era mi profesión algo que él había puesto en mis manos para sus propósitos? Pronto supe lo que tenía que hacer. Llamé a la puerta del director. —Tengo una idea, doctor. ¿No le parece que es responsabilidad de la Comisión Nacional de Rehabilitación velar por nuestros enfermos tanto como por los demás lisiados? ¿Quiere venir conmigo a hablar con ellos? Pensó que era una buena idea y estuvo de acuerdo en acompañarme.


Una tarde de la semana siguiente, nos encontramos con la comisión en la ex Ciudad Infantil, donde llevaban a cabo sus reuniones de trabajo. Expusimos ante ellos la crítica situación de nuestros casos respiratorios, y la imperiosa necesidad de resolver el problema de su rehabilitación. Parecían muy interesados, tan interesados, en verdad, que me permití agregar que yo pensaba que era responsabilidad de esa comisión asistir a nuestros enfermos del Centro Respiratorio así como lo hacían con los pacientes del otro Centro de Rehabilitación para lisiados, en la ex Ciudad Infantil. Después de un momento de silencio, la voz fría del presidente, desde la cabecera de la mesa, aplastó mis incipientes esperanzas. —Doctora —dijo—, nosotros no consideramos que su Centro Respiratorio sea responsabilidad de esta comisión. ‘¡Cómo puede decir eso!’, pensé, indignada por su falta de solidaridad con nuestros lisiados respiratorios. Tan indignada que la ira me hizo levantar de la silla. —Buenas tardes, señores —dije en forma cortante y, sin más, salí del salón con el doctor Roncoroni. Mientras volvíamos, por una avenida de Palermo llena de jacarandáes en flor, un solo pensamiento urticante me dominó durante todo el recorrido: ¿Qué haremos con nuestros chicos? ¿Dónde podremos rehabilitarlos? ¿No había sido esta una idea inspirada por Dios mismo?


Ya en casa, al atardecer del mismo día, ese pensamiento se transformó en plegaria, y la plegaria se convirtió en una tranquila seguridad: el Dios de amor todo lo supliría. A la mañana siguiente, durante el pase de sala en el hospital, alguien me tocó en el hombro. Era la jefa de enfermería. —Un mensajero para usted, doctora —me dijo. Un joven esperaba. Traía en su mano un sobre. —¿Doctora Shepherd? —preguntó. —Sí, ¿qué desea? —Debo entregarle esta carta en mano —respondió. Firmé por ella. La carta era de la Comisión Nacional de Rehabilitación. La abrí con cierta resistencia. ‘La negativa por escrito’, pensé con pesimismo. ‘Suficiente con lo de ayer.’ ‘Estimada doctora’, comenzaba la carta; y entonces, para mi profundo regocijo, continuaba expresando que la comisión había reconsiderado nuestra solicitud y estaba de acuerdo con que era su responsabilidad ayudarnos a rehabilitar a nuestros enfermos. El Centro Respiratorio sería incorporado a su presupuesto. ¡Con cuánta alegría llevé la noticia al Centro Respiratorio! Nuestro instituto podría continuar, los chicos tendrían la oportunidad de rehabilitarse. Esa carta debió haber sido escrita esa misma tarde de la entrevista, cuando abandonamos el salón. Verdaderamente, como dijo el profeta Isaías acerca del Señor: ‘Antes de que ellos llamen, yo oiré.’


Extracto del libro Te tomo la palabra de Editorial Certeza Argentina








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