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Se cosecha lo que se siembra

Aquí leemos a un padre, contestando a su hijo que cambió su fe en Jesucristo por su fe en el humanismo. Este extracto nos da claves de influencias filosóficas pujantes entre los jóvenes y una postura apologética clara para responder. Siempre desde el amor y el respeto por las decisiones tomadas por el otro.


Escribe Tony Campolo (el padre)


CADA VEZ QUE LEO o escucho a Bart testificar sobre su pérdida de fe, mi primera reacción es culparme a mí mismo. Sé que eso no tiene sentido, sobre todo porque Bart era un hombre de familia de mediana edad cuando se desconvirtió, pero todavía no lo puedo evitar. A lo largo de mis años de ministerio, he hablado con innumerables padres cristianos cuyos hijos adultos han rechazado el cristianismo de una manera u otra, y la mayoría de ellos han sentido lo mismo que yo. Como te puedes imaginar, era mucho más fácil para mí consolar y alentar a esas personas cuando mi propio hijo querido se mantenía siguiendo mis huellas como un conocido líder cristiano. Ahora que Bart es un humanista de alto perfil, debo recordar constantemente que su desconversión es principalmente el resultado de sus propias decisiones, no de las mías. Por supuesto, como lo expresa tan elocuentemente en su último capítulo, él no lo ve así. De hecho, como tantos humanistas seculares, atribuye su desconversión al fracaso de Dios para «presentarse» y hacerse conocer. No debe sorprender, entonces, que como creyente y científico social yo no esté de acuerdo. Permítanme explicarme.


Cuando ejercía como profesor universitario, regularmente enseñaba un curso llamado «Sociología de la religión», que siempre incluyó los convincentes casos de Peter Berger y Thomas Luckmann de que lo que los individuos creen y no creen está altamente supeditado a lo que consideran razonable los individuos, grupos e instituciones más importantes para ellos. Según Berger y Luckmann en su libro, The Social Construction of Reality [La construcción social de la realidad, 1967], este fenómeno no solo se aplica a la socialización de los niños, sino también, y especialmente, a los adultos cuyas convicciones religiosas difieren fuertemente de las sociedades que los rodean. De hecho, Berger y Luckmann sostienen que la única manera de que un individuo mantenga creencias contrarias a la cultura dominante es ser parte de un tejido muy unido, un grupo de apoyo contracultural al que llaman una «estructura de plausibilidad» donde los miembros se reúnen regularmente para reforzar y revitalizar las creencias mutuas y deconstruir todas las influencias contrarias. Dentro de ese grupo, señalan, incluso las convicciones que podrían parecer absurdas para los miembros de la sociedad dominante son completamente plausibles y, en muchos casos, virtualmente autoevidentes. Cualquier creyente que haya pasado una semana en un campamento de iglesia ya sabe cómo funciona una estructura plausible. [...] Los ministros describimos ese proceso como un seguimiento y un discipulado, pero Berger y Luckmann dirían simplemente que estamos proveyendo a los creyentes vulnerables de una estructura plausible donde creer en Dios, confiar en Jesús como Señor y Salvador y recibir consuelo y dirección del Espíritu Santo se debe entender como algo correcto y completamente razonable. No es sorprendente que cuando describo este tipo de cosas a mis amigos ateos y agnósticos, generalmente sonríen y dicen: «¿Lo ves? Tu sistema de creencias religiosas no es más que una realidad construida socialmente», como si eso solo desestimara su validez. Lo que no reconocen, sin embargo, es que su sistema secular de creencias también se ha construido socialmente. Para bien o para mal, lo que los seres humanos somos capaces de creer sobre todo lo importante —y especialmente sobre la realidad de Dios— está ampliamente determinado por los individuos, grupos e instituciones más importantes que nos rodean. En este punto quiero ser cuidadoso de no atribuir a las estructuras de plausibilidad el poder absoluto para determinar lo que un individuo cree o no cree. De hecho, las estructuras de plausibilidad proporcionan solo las condiciones en las que un sistema de creencias particular se vuelve, y sigue siendo, viable. Desafortunadamente, la sociedad secular en la que vivimos no crea una estructura de plausibilidad para el evangelio de Jesucristo. Eso no significa que el evangelio no sea verdad, sino solo que es difícil —si no imposible— aferrarse a esa verdad sin interactuar regularmente con amigos y seres queridos fiables que lo reconozcan y confirmen. Después de todo, el cristianismo confirma una amplia gama de realidades sobrenaturales que podrían parecer completamente irrazonables para cualquiera cuya comprensión de la verdad se limite a lo que se puede demostrar y comprender empíricamente en términos puramente racionales. [...] Eruditos bíblicos han descubierto recientemente registros que indican que los miembros de la iglesia del primer siglo se reunían cada mañana para renovación espiritual, con el fin de resistir ser conformados a la cultura helénicorromana dominante, y a mí eso no me sorprende. Como Pablo escribió a los cristianos en Corinto, Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?...


Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad hermanos, vuestra vocación que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;...

Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor (1 Corintios 1.18-20, 25, 26, 30, 31).


Claramente, Pablo está diciendo que el evangelio ha sido establecido como algo imposible de entender en términos puramente racionales a propósito, de modo que nadie puede confundir su salvación con cualquier otra cosa que no sea un don milagroso. En otras palabras, no se supone que el evangelio sea completamente lógico o empíricamente demostrable. Por eso es que nosotros, los cristianos, tenemos que seguir recordándonos unos a otros una y otra vez cómo obra el evangelio, y cómo lo hace en nuestras propias vidas. Por eso es también que Dios ha establecido para nosotros la más alta estructura plausible, que es conocida como la iglesia de Jesucristo.


No tengo ninguna duda de que, por muchos años, Bart fue un cristiano comprometido, en gran medida porque se mantuvo profundamente involucrado en grupos de compañerismo que se combinaban para proveer una estructura de plausibilidad que contradecía en forma consistente la “sabiduría” de nuestra cultura estadounidense dominante. Desde el principio, todos esos grupos de jóvenes, proyectos misioneros y estudios bíblicos, y la íntima amistad que surgió entre ellos, fue lo que capacitó a Bart para sustentar fuertemente una serie de creencias que aun nuestras Escrituras reconocen como “locura” por parte de aquellos que viven fuera de la comunidad de fe, en lo que los secularistas llaman “el mundo real”. En medio de esas relaciones y actividades espirituales intensas, él experimentaba con alguna regularidad la presencia de Dios en una forma visceral, y cada vez que tal cosa ocurría la verdad general de la narrativa cristiana era de nuevo confirmada. Más tarde, cuando Bart se convirtió en un ministro cristiano en tiempo completo, continuó rodeado de gente e instituciones que lo ayudaron a identificarse con más fuerza con el evangelio. Su experiencia en la universidad cuando estuvo a punto de perder su fe, es un buen ejemplo de lo que digo. Recuerdo muy bien las luchas que tuvo con James Barr y su crítica textual y la felicidad que todos sentimos cuando encontró su camino con la ayuda de uno de mis propios héroes teológicos, Karl Barth. Lo que también recuerdo, sin embargo, es que el compañero de estudio de Bart era también un cristiano profundamente comprometido, con quien a menudo oraba, junto con la novia de Bart y el líder de jóvenes con quien entrenó al equipo de baloncesto de muchachos de su iglesia. Sin esa estrecha amistad, quizás no habría estado tan dispuesto a resolver sus problemas con la Biblia. Como lo hizo, porque aún estaba seguro de la presencia de Dios, se mantuvo buscando hasta que encontró respuestas auténticamente cristianas a sus preguntas.


Durante muchos años, mientras observaba a Bart luchar con los mismos grandes temas que han preocupado a creyentes reflexivos desde el albor de los tiempos, no estaba preocupado de que mi amado hijo en la última instancia perdiera su fe. Sabía que la teología de Bart continuaría cambiando con el correr del tiempo, y entendí que algunos de esos cambios podrían tomar una dirección diferente a la mía, pero eso tampoco me preocupaba. Después de todo, yo mismo había tenido que luchar con esos asuntos, y aunque estoy más que seguro sobre algunos de los fundamentos, mi propia teología está aún en progreso. Cuando diariamente leo mi Biblia y pido al Espíritu Santo que me guíe, encuentro que seguir a Jesús sigue exigiéndome que cambie mi mente. Como dice una de mis pegatinas favoritas para el parachoques de los autos: “¡Tenme paciencia, Dios todavía no ha terminado conmigo!”.


Cuando Bart y su familia dejaron gradualmente de participar en una congregación local de forma regular, me sentí profundamente preocupado. por supuesto que entendí sus excusas. Por ese tiempo, él estaba viajando por todo el país, hablando en conferencias y en campus universitarios para recaudar dinero y reclutar voluntarios para su ministerio en las barriadas de las ciudades. Además de estar tan ocupado, por una variedad de razones, Bart y su esposa tuvieron dificultades para encontrar una iglesia que fuera una buena opción. Aun así, Peggy y yo los animamos desesperadamente a que siguieran intentándolo, especialmente después de la llegada de sus hijos. No obstante, para cuando se trasladaron a Cincinnati para servir a los pobres más directamente, los Campolo jóvenes ya no tenían iglesia.


En Cincinnati, Bart y su esposa, Marty, vivieron la clase de estilo de vida sacrificial a la que creo que Jesús nos llama a todos. Absteniéndose de un cómodo vecindario de clase media, escogieron un empobrecido barrio donde ellos y sus amigos socorrieron a algunas de las personas más oprimidas de Estados Unidos. Uno tras otro, invitaban a jóvenes con problemas a vivir con su familia y pasaban innumerables horas buscando casas para familias necesitadas. Semanalmente, ofrecían comida a decenas de sus vecinos en un ambiente familiar. A pesar de hacer tan buenas obras en el nombre de Jesús, y a pesar de continuar predicando por todo el país, mi hijo y su familia se desconectaron aún más de la vida de la iglesia. Seguían teniendo buenos amigos cristianos, pero no participaban en ninguna comunidad de fe de forma regular.


Para empeorar las cosas, muchos de los que recibían las atenciones que les daban Bart y Marty vivían un estilo de vida autodestructivo marcado por persistir en la violencia, en el abuso de drogas y el alcohol, con relaciones familiares disfuncionales y dependiendo de las dádivas del gobierno. Pronto, Bart comenzó a afirmar abiertamente que algunas personas son incapaces de ser salvas o transformadas de alguna manera significativa. Cuando esto llegó a mi conocimiento, me alarmé aún más.


Nikolay Berdyayev, el filósofo existencialista ruso, afirma que cuando alguien deja de creer en la capacidad de otras personas para crecer y cambiar y participar en actividades nobles y que merecen la pena, termina perdiendo también la fe en Dios. Basándose en las novelas épicas de Fiódor Dostoyevski, Berdyayev explica que perder de vista la presencia divina, incluso en la persona más humilde, es el comienzo del ateísmo. Según Berdyayev, lo contrario también es cierto: perder la fe en Dios es perder la fe en la gente. Por eso es que el Gran Mandamiento une tan estrechamente amar a Dios con amar a nuestro prójimo; Jesús bien sabe que no podemos hacer lo uno sin lo otro. Como el apóstol Juan dice: “Si alguien afirma: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto” 1 Juan 4:20 NVI


Después de llegar a los hombres y mujeres aparentemente sin esperanza en su vecindarios, y no ver casi ningún resultado positivo por su trabajo de amor, Bart renunció a salvarlos y decidió, en cambio, que su misión sería simplemente consolarlos en su aflicción. Cuando mi hijo ya no creyó que literalmente todos y cada uno tienen posibilidades de un cambio radical, las semillas de la duda en su mente produjeron un agnosticismo completo.


Es fácil para mí sentarme en mi cómoda casa y emitir esta clase de juicio. Nunca he vivido y trabajado en las trincheras del ministerio urbano, ni he tenido que soportar las decepciones ministeriales que Bart experimentó año tras año. A veces me pregunto si mi fe habría resistido tanto como la de mi hijo si yo hubiese estado en su lugar. De todas maneras, aun desde mi posición segura y ventajosa, sigo creyendo en los milagros.


Más importante aún, he visto por mí mismo las transformaciones personales tremendas a través de ministerios como Teen Challenge, un ministerio pentecostal de rehabilitación de drogas que se extiende a las llamadas personas desechables en ciudades alrededor del mundo. Por supuesto, en contraste con las últimas versiones de la misión de Bart, estas personas dependen de lo que ellos llaman “la llenura del Espíritu Santo” y prácticamente nunca dejan de orar, ayunar, cantar himnos y predicar el evangelio de Jesucristo.


Otra señal de advertencia de que la fe de Bart estaba en problemas era su creciente tendencia a evitar llamar a aquellos a los que había predicado y llevado a una relación personal con Cristo. Hizo un excelente trabajo invitando a jóvenes de ambos sexos a que se comprometieron en servir a los pobres y oprimidos, pero la idea de invitar al Espíritu Santo a que invadiera sus corazones y mentes parecía más y más distante de sus mensajes.


Mientras que la mayoría de nosotros asumimos que lo que creemos y pensamos determina lo que decimos y hacemos, los predicadores rápidamente aprendemos que lo contrario es igualmente cierto. En efecto, lo que declaro desde el púlpito siempre ha tenido un enorme impacto en mi cosmovisión. Los sociólogos llaman “praxis” a esta relación dialéctica entre nuestras palabras y nuestras acciones que, en materia de fe, es una fuerza poderosa. En mi propia vida, a menudo encuentro que ningún oyente está más convencido o cambiado por lo que digo en mi predicación que yo mismo.


De hecho, cuando se me preguntó por qué estoy tan comprometido a servir a la gente pobre y oprimida, la verdadera respuesta es: “Porque de eso es de lo que siempre estoy hablando”. Parafraseando el famoso dicho de René Descartes, “predico, luego existo”. Entonces, cuando Bart dejó de enfatizar que solo la muerte y resurrección de Jesús nos salva de nuestros pecados, sabía que era cuestión de tiempo para que esa misma idea saliera de su corazón y de su mente.


Aunque no soy nihilista, tiendo a estar de acuerdo con Jean-Paul Sartre y Friedrich Nietzschie cuando se trata del libre albedrío. En mi opinión, quién y qué llegamos a ser es, en última instancia, el resultado de una larga serie de decisiones que tomamos por nosotros mismos. Creo que soy cristiano no solo porque Dios ha escogido amarme y salvarme, sino también porque he elegido libremente confiar en su Palabra y hacer su voluntad. En oposición a los científicos sociales seculares que sostienen que los seres humanos somos biológica y socialmente determinados en todos los sentidos, yo afirmo nuestra dignidad como quienes libremente hacemos las más importantes decisiones que determinan nuestra naturaleza y destino.


En el caso de Bart, esas importantes decisiones incluían gradualmente distanciarse del intenso compañerismo cristiano que, en primer lugar, hizo posible su fe en Dios, abandonando los tipos de transformaciones personales que mejor demuestran el poder del Espíritu Santo, y dejar de proclamar abiertamente el evangelio de Jesucristo. Aunque me siento muy agradecido de que no haya sido presa de otras tentaciones que podrían haber destruido su familia o socavado su carácter, sigo haciéndolo responsable por haber dado un paso fatídico tras otro alejándose de Dios. Hacer lo contrario habría sido irrespetar su independencia como adulto o negar su dignidad como ser humano.


¡Oh!, mi esposa y yo todavía nos preguntamos dónde fue que nos equivocamos y nos culpamos por haber dicho demasiado o muy poco sobre ciertos puntos a lo largo del camino. Quizá yo habría sido un mejor ejemplo quedándome en casa y dedicándome a servir a los pobres, en vez de andar por el mundo hablando de ellos, mientras Peggy se pregunta cómo habrían sido las cosas si ella hubiese confiando en Jesús cuando nuestros hijos estaban creciendo. Al final, sin embargo, no dejamos de recordar que Bart conoció y amó a Dios por más de treinta años, y que hicimos todo lo posible para fomentar esa relación. Y seguimos orando, por supuesto, en favor de nuestro hijo pródigo.


Irónicamente, es el propio Bart quien nos ha enseñado a orar por él. Secular como es en estos días, su exégesis de Efesios 2 sigue siendo correcta. Aunque coincidimos a este punto, nuestra capacidad de creer -y nuestra capacidad de volver a creer- es siempre un don de Dios. Por lo tanto, en lugar de orar por Bart para que Dios suavice su corazón o cambie su mente o vuelva a abrir la Biblia o regrese a la iglesia, oro para que el Espíritu Santo de alguna manera lo confronte dramáticamente a la manera que confrontó a Saulo en el camino a Damasco, restaurando su capacidad de ver más allá de la sabiduría de los sabios y ver que la locura de Dios es siempre mucho más sabia que la sabiduría de los hombres.



 

Capítulo 4 del libro “Por qué me fui, por qué me quedé” Tony Campolo y Bart Campolo.



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