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Evangelizar desde el evangelio

Las preguntas más importantes que hoy se puede hacer respecto a la vida y misión de la iglesia no están relacionadas con la relevancia sino con el contenido del evangelio. Por supuesto, hay lugar para la consideración de las maneras en que el evangelio satisface las necesidades del hombre en el mundo contemporáneo. Mucho más básica, sin embargo, es una consideración de la naturaleza misma de ese evangelio del cual se dice que satisface las necesidades del hombre. El qué del evangelio determina el cómo de sus efectos en la vida práctica. A la luz del pragmatismo actual casi no se puede esperar que se reconozca fácilmente la primada de las preguntas teológicas acerca del evangelio. Con demasiada frecuencia se da por sentado que los cristianos ya conocemos nuestro mensaje y que lo único que ahora necesitamos es una mejor estrategia y métodos más eficientes para comunicarlo.


En conformidad con esto, se mide la efectividad de la evangelización en términos de los resultados, sin referencia alguna (o con muy poca referencia) a la fidelidad al evangelio. Frente a este acercamiento hace falta un nuevo énfasis en el evangelio como aquello que determina la autenticidad de la evangelización, debido a las tres razones siguientes:


1. La primera condición para una evangelización efectiva es la certeza en cuanto al contenido del evangelio. Aunque esta certeza sólo es posible donde hay una respuesta personal, una respuesta de fe, la proclamación del evangelio va mucho más allá que una descripción de la experiencia personal: incluye una presentación de los hechos del evangelio como una realidad objetiva que se inserta en la situación humana y trasciende toda comprensión. Nadie puede considerarse listo para evangelizar a menos que pueda narrar "la antigua historia" con certeza en cuanto a sus elementos constitutivos y el significado de los mismos.


2. La única respuesta que una evangelización bíblica tiene derecho de esperar es la respuesta al evangelio. La genuinidad de la conversión de una persona depende directamente de la genuinidad del evangelio al cual ha respondido en arrepentimiento y fe. Un evangelio espurio sólo puede dar como resultado una conversión espuria. El cristiano que no se preocupa por comprender con claridad el mensaje que está llamado a anunciar probablemente logrará que los hombres respondan a él, pero no al evangelio.


3. La característica que distingue a la experiencia cristiana es que es una experiencia del evangelio. La experiencia cristiana es una experiencia religiosa, pero no toda experiencia religiosa es cristiana, excepto la que surge del evangelio. No hay duda de que en el Nuevo Testamento el evangelio tiene un contenido definido. Pese a todas las variaciones que se puede hallar en su formulación, es algo a lo cual es posible referirse como "el evangelio" (to euangelion), sin calificativo. Es un mensaje que se puede predicar (Mt. 4.23, 9.35, 24.14, 26.13; Mr. 1.14, 13.10, 14.9, 16.15; Gá. 2.2; 1 Ts. 2.9), "testificar" (Hch. 20.24), proclamar (1 Co. 9.18; 2 Co. 11.7; Gá. 1.11; cf. 1 Co. 9.14), dar a conocer (Ef. 6.19), anunciar (1 Ts. 2.2), a la vez que oír (Hch 15.7; Ef. 1.13; Col. 1.23) y creer (Mr. 1.15) o recibir (1 Co. 15.1; 2 Co. 11.4). Tan definido es su contenido que Pablo puede afirmar en términos inequívocos que aparte del evangelio que él predica no hay otro evangelio (Gá. 1.6,9). Si esto es así, la pregunta que nos tenemos que plantear en relación a cualquiera de las fórmulas doctrinales que hoy están en circulación y que pretenden ser síntesis del evangelio no es si funciona sino si es fiel al evangelio bíblico.


[...] El evangelio es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Ro. 1.16), pero es el mismo evangelio el que crea en el hombre la capacidad de creer. El evangelio es el don de Dios y como tal demanda "la obediencia a la fe" (Ro. 1.5).


"Dios es para nosotros y nuestra liberación, sólo para que nosotros seamos para él y su servicio. Es para nosotros, para ayudarnos, salvarnos y bendecirnos, sólo para que nosotros seamos para él, para adorarlo en la comunión del Espíritu y servirlo en la majestad de su propósito para siempre. Primero lo glorificamos, luego lo disfrutamos para siempre". (Bartchy 1973)



 

Extracto del capítulo ¿Qué es el evangelio? del libro Misión Integral: ensayos sobre el Reino y la Iglesia de C. René Padilla. Ediciones Kairos.



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