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Espiritualidad


Entrar en las experiencias espirituales más profundas parece algo

reservado para unos pocos. ¿Será que necesitamos revisar nuestra definición de lo que significa ser una persona espiritual?. El mensaje franco y honesto de este autor lo invitará a mirar más de cerca su andar en Cristo.


Mi vida ha sido muy desordenada. Llevo cuarenta y cinco años intentando seguir a Jesús, pero son muchas las veces que lo he perdido en las corridas y los apuros de cada día. Desde que tengo uso de la memoria siempre me ha interesado ser una persona santa. No obstante, al echar un vistazo hacia el camino recorrido, lo más visible son mis errores, desaciertos y fracasos. En ocasiones he experimentado el éxito y la cercanía con el Señor, pero nunca he podido asegurarme la experiencia continua de estar en la presencia de Jesús. Gran parte de mi vida ha transcurrido en medio de las frustraciones propias de las corridas y las obligaciones del ministerio.


No es que pretenda ser como Billy Graham o San Juan de la Cruz, pero quisiera ser recordado como un hombre que amaba a Dios, que sirvió a los demás y que buscó la forma de crecer en madurez y compromiso. El deseo más fuerte de mi corazón ha sido convertirme en una persona consistente y estable. No obstante, muchas veces lo único consistente en mi vida ha sido mi falta de estabilidad. Cuando era joven pensaba que esta inestabilidad se debía a mi falta de experiencia; pero ahora soy mucho más viejo y aún sigo con las mismas luchas. No he logrado descubrir el secreto de una vida más piadosa, aun siendo pastor.


Seguramente usted me dirá que con este historial soy el menos indicado para escribir sobre espiritualidad. ¿Cómo una persona que ha logrado tan poco en su propia vida puede hablar con autoridad sobre este tema? Y yo estoy de acuerdo con el reclamo. No tengo autoridad para hablar de la espiritualidad, salvo que... la espiritualidad, tal cual nosotros la entendemos, no sea realmente espiritualidad.


Cuando hablamos de una persona «espiritual» la mayoría de nosotros piensa en alguien que se pasa la vida leyendo la Palabra, que ora todo el día y que posee cualidades que muy pocos seres humanos gozan. Es la clase de persona que no dudamos en etiquetar como un verdadero «santo». El resto de las personas, como usted y yo, los miramos con cierta envidia, aunque en nuestros corazones creemos que esa clase de piedad está reservada para unos pocos. Es la espiritualidad de los monjes, los ermitas y los que han logrado sobreponerse a este mundo perverso en que vivimos.


¿Qué queda para nosotros? ¿Será que existe alguna experiencia espiritual para los que vivimos en medio de las corridas diarias, inmersos en la rutina del trabajo y abrumados por las incesantes demandas de los que están a nuestro alrededor? Mi respuesta, inequívoca, a esta pregunta es: «¡Sí; sí la hay!». Existe una espiritualidad para nosotros los que pertenecemos a la multitud de personas que viven vidas comunes. Cristo murió en la cruz precisamente porque creía que personas ordinarias, quebradas, confundidas e inconstantes podían llegar a ser piadosas.


Es esta convicción la que exasperó a los fariseos, que solo aprobaban a quienes lograban seguir al pie de la letra cada uno de los elaborados reglamentos de su religión. La verdad, sin embargo, es que la espiritualidad de las masas es una espiritualidad desordenada. Se vive en medio del barullo de lo cotidiano donde, de a ratos, la vida se nos escapa de las manos. No se refiere a fórmulas ni métodos, sino a una relación con un Dios vivo.


No tenemos más que examinar la vida de los grandes héroes de la Biblia para descubrir que sus vidas espirituales sufrían el asalto frecuente de experiencias no tan espirituales. Esta es la verdadera espiritualidad, la que se vive sin fingimientos ni posturas, la que es para personas como nosotros. Lo maravilloso del evangelio es que Cristo no nos rechaza por el enredo de nuestras vidas, sino que sale a nuestro encuentro en medio de esa confusión.

La cara del desorden


¿Qué características tiene esta espiritualidad desordenada? ¿A quiénes puede beneficiar? Quisiera mencionar las características de las personas que pueden cultivar este tipo de espiritualidad.


Honestidad


La verdadera espiritualidad no admite las posturas simuladas. Sin embargo en la mayoría de los círculos religiosos existe una fuerte presión por aparentar ser lo que no somos. Simulamos encontrarnos alegres cuando nos sentimos tristes, hallarnos bien cuando estamos mal, estar seguros cuando dudamos. Si somos honestos, debemos reconocer que el camino de las posturas fingidas es siempre más fácil que el de la honestidad. Resulta más fácil afirmar que todo está bien que intentar explicar el desconcierto que muchas veces acompaña nuestra vida diaria. Incluso incomodamos a los demás cuando dejamos de aparentar, porque quedan expuestas las maneras en que ellos también fingen.


La verdad, no obstante, es que nuestras vidas no son todo lo que desearíamos. La esencia de la espiritualidad desordenada es que puede ser ejercitada por aquellos que reconocen sus debilidades y carencias, y se rehúsan a construir una imagen basada en las mentiras y las simulaciones. Cristo no tiene nada que decirles a aquellos que consideran que no necesitan de un médico (Mt 9.12).


Incompletos


Las personas espirituales no tienen problema de reconocer que están en un proceso de transformación. Nuestra perfección es un estado incompleto y por tanto, las debilidades y facetas de nuestra vida que aún no han sido trabajadas quedan expuestas. Por esto es que la espiritualidad no se refiere a un estado de perfección, sino a la confianza que tenemos en Dios, quien completará la buena obra iniciada en nosotros (Fil 1.6). Además, las personas espirituales están seguras de que el amor de nuestro Creador nos permitirá llevar las imperfecciones que aún persisten en nuestras vidas. Por eso Jesús dejó incompleta la obra de formación de sus doce discípulos y les aseguró que aún restaban muchos asuntos para enseñarles, pero sabía que el momento no era el indicado (Jn 16.12). Tenía convicción de que el Padre seguiría trabajando en ellos hasta el mismo día en que serían llamados a su presencia. Del mismo modo nosotros no desesperamos por lo que aún queda por cambiar, porque estamos inmersos en un proceso que dura toda la vida.


Incompetencia


La espiritualidad desordenada se construye sobre nuestra falta de aptitud para la vida espiritual. Permite que aprendamos a orar porque reconocemos que tenemos pocas aptitudes para ser personas de oración y nos posibilita reconocer nuestra falta de comprensión frente a la Palabra debido a nuestras limitadas capacidades. La espiritualidad desordenada afirma también que somos seres torpes y requerimos mucha ayuda de nuestro buen Padre Celestial. No nos avergüenza tampoco que otros vean nuestra torpeza porque es una condición común a todos los hombres, cuando de asuntos espirituales se habla.


Jesús tenía por costumbre responder a los deseos de la gente, más que a sus habilidades. La gente que llegaba a él lo hacía en forma desordenada y poco cortés. Le gritaban, empujaban, tocaban e interrumpían. En todo esto, sin embargo, discernía los deseos de sus corazones, que era lograr un contacto con él. La mejor ilustración de esto es el padre del hijo epiléptico que exclamó: «¡Creo! Ayúdame en mi incredulidad» (Mr 9.24). Reconocía que su fe era tambaleante y enredada por sus dudas íntimas.


Desesperación


El seguir a Cristo no es para los que piensan que el cristianismo es un pasatiempo, una alternativa para los fines de semana o una buena práctica para una vida mejor. La espiritualidad desordenada resulta atractiva para aquellas personas que han arribado al punto de la desesperación absoluta. Recuérdese que en el ministerio de Jesús los religiosos no se beneficiaban de su contacto con él, sino quienes vivían situaciones límite y Cristo era su última esperanza. Empero, hoy no encontramos muchas personas desesperadas en nuestras congregaciones. Al contrario, a estas personas los miembros de la Iglesia las consideran extrañas y desequilibradas.


La desesperación es una condición que no reserva tiempo para las formalidades de las relaciones correctas y prolijas. Cuando vivimos en esa condición experimentamos la necesidad imperiosa de establecer una relación con Cristo y no estamos dispuestos a retroceder. En el camino nos encontraremos, al igual que el ciego Bartimeo, con aquellos que intentan silenciar nuestros gritos, con los «esclavos» del orden y con los que se creen con autoridad para decidir quién accede o no a Jesús. Estos también acompañaron a Cristo en su ministerio, manteniendo lejos de él a los «indeseables». Jesús, sin embargo, no admitió que se establecieran barreras entre él y los demás.


Los principios de la espiritualidad desordenada


¿Cómo, entonces, conseguiremos entrar en la experiencia de esta espiritualidad? Debemos recordar en todo momento que esto no se relaciona tanto con un programa como con una postura en la vida. La verdadera espiritualidad no está en nuestras manos, sino en las de nuestro Creador. Nuestro mejor aporte es prestar atención al obrar de Dios en nosotros y a nuestro alrededor, para responder apropiadamente a sus iniciativas. Algunos principios que nos pueden ayudar en esto:


  • Ser diferente


Uno de los “valores” de nuestra cultura es el de no desentonar. No nos gusta ser vistos como diferentes o extraños. No obstante, el evangelio es una invitación a la desigualdad. Sin embargo, estas diferencias no tienen que ver con los asuntos externos, sino con la disposición de abrazar un estilo de vida distinto. El llamado a seguir a Jesús inmediatamente nos apartará del camino que escoge la mayoría en este mundo. Por eso, no debemos avergonzarnos de ser diferentes ni de ser poco populares, pues esta es la marca que caracteriza a quienes se han unido a los seguidores de Cristo y pertenecen a un reino ajeno a este presente siglo malo.


  • Aprovecha tus errores


Nuestra tendencia es a justificar o esconder los desaciertos y pecados que son parte de nuestra vida. Lo que está escondido, sin embargo, no puede ser sanado ni redimido. Algunas de las lecciones más valiosas sobre la vida espiritual las aprendí de los errores que cometí. Permite que tus errores se conviertan en una oportunidad para crecer en gracia y sabiduría. No es espiritual la persona que nunca comete errores ni cae en pecado, sino aquella que entiende cómo puede convertir sus caídas en oportunidades para que Dios trabaje con mayor intensidad y profundidad en su vida. Absolutamente todo, en las manos de Cristo, puede ser convertido en motivo de crecimiento.


  • Utiliza tu libertad


La Palabra afirma que hemos recibido libertad en Cristo y que esta nos hace libres. La mayoría de los cristianos que he conocido, sin embargo, le temen a esta soltura, y optan por una vida sofocada por las reglas y las imposiciones. Muchos en la iglesia explican que la libertad de Jesús es para no pecar, y esto es verdad. Empero, esta también supone que puedo escoger lo malo, es decir, caminar hacia el Hijo de Dios o alejarme de él. Además, significa que puedo separarme de lo que los demás creen que debe ser mi libertad y puedo elevarme sobre la ansiedad que algunos mantienen por el mal uso que yo pueda darle a la libertad recibida. El punto es que Dios nos ha confiado esa autonomía, aun cuando existe la posibilidad de que la utilicemos incorrectamente. La libertad exige responsabilidad, pero también es una invitación a moverse en la amplitud del amor de nuestro Padre Celestial.


  • Rechace el equilibrio


El equilibrio es uno de las características más aplaudidas por el hombre. Decir que una persona es equilibrada es todo un cumplido, pues significa reconocer una postura en la cual se considera que el punto medio es el mejor lugar para estar. La persona equilibrada es la que ha descubierto la forma de hacer todo con moderación, evitando los extremos. No obstante, si examinamos con detenimiento la vida de Cristo notaremos que Él no fue una persona equilibrada. Por ejemplo, entró al templo con un látigo y echó a gritos a los mercaderes; cultivó relaciones con quienes vivían en los extremos de la sociedad (las prostitutas, los pecadores y los recaudadores de impuestos) y advirtió a los suyos de que la decisión de ser discípulo (Mt 10) traería desequilibrio en las amistades, la familia y la reputación.


La condenación más dura del Apocalipsis está reservada para quienes se encuentran en el medio y no son ni fríos ni calientes. Entonces, la espiritualidad desordenada es para los más cercanos a los extremos que al medio, donde la gran mayoría está ubicada. Son los que quieren, como Jonatán, asaltar a los filisteos con una sola espada o, como Pedro, probar la experiencia de caminar sobre el agua.


  • Reduce la velocidad


¡El crecimiento en nuestras vidas espirituales no ocurrirá porque nos movamos más rápido! Muchos de nosotros no crecemos por la velocidad que intentamos imprimir a ese crecimiento, no por el pecado. Vivimos la vida a un ritmo vertiginoso, corriendo de reunión en reunión y de actividad en actividad y aunque no rechazamos a Dios, simplemente no tenemos tiempo para él. ¡Estamos demasiado apurados! Nuestra lucha no es con la Biblia, sino con el reloj. No nos sentimos culpables por el pecado, pero sí nos molesta que no gocemos más tiempo para realizar todo lo que quisiéramos.


El problema con la vida acelerada es que perjudica nuestra alma y nuestras relaciones, especialmente la que sostenemos con nuestro Dios; la comunión con nuestro Señor florece solo cuando decidimos caminar con Él, pero esto únicamente puede darse si disminuimos la alocada marcha de nuestra vida. Es interesante recordar que Cristo vino para traernos descanso, sobre todo a los cargados y agotados por las presiones de esta vida.


  • Valora lo pequeño


Todos quisiéramos descubrir la forma de asegurar, en un momento, la bendición que instantáneamente nos convertirá en personas maduras, y por eso pensamos que el crecimiento debe ser el resultado de una sola decisión, tomada en un momento puntual de nuestro peregrinaje. El progreso en la vida espiritual, sin embargo, es el resultado de muchas pequeñas decisiones diarias.


Algunas personas experimentan mucha frustración porque piensan que una decisión importante, tomada en un momento de entusiasmo, producirá los grandes cambios que anhelan para su vida. La transformación ocurre, no obstante, cuando volvemos día tras día a afirmar la validez de esa extraordinaria decisión y escogemos el camino que nos posibilita permanecer firmes en ella. Los pequeños momentos son los verdaderamente importantes.


  • Respeta las diferencias


El crecimiento espiritual es difícil de describir porque ocurre de maneras distintas de una persona a otra. No consiste en una línea recta que se mueve en una sola dirección, sino, más bien, en subidas y bajadas, curvas y contra curvas. Aunque quisiéramos seguir siempre en escalada, avanzando de aumento en aumento, los momentos duros también forman parte de nuestro desarrollo.


En cada vida, la experiencia espiritual se produce con matices particulares, porque depende de una relación, y las relaciones nunca son iguales para cada individuo. Por tanto, podemos incorporar algunas experiencias de los demás en nuestra propia vida, pero sin trasladar su modelo completo. El Señor nos llama a mirar al Dios que les permitió a ellos llegar al lugar donde se encuentran, confiando que él también producirá en nosotros crecimiento.


  • Entrega el sesenta por ciento


Durante años escuché este desafío: «El asunto es muy claro: o estás comprometido o no lo estás. ¡Dios espera de nosotros cien por cien de lo que podemos dar!». La frase suena muy espiritual, pero la verdad es que nadie puede dar el cien por ciento de sí mismo. La mayoría de nosotros fluctuamos en nuestros compromisos, afectados por las circunstancias en que nos encontramos y el nivel de nuestro cansancio personal. Nos esforzamos por dar cien por cien, pero nuestra condición humana siempre nos limitará. Por tanto, no se sienta frustrado por su aparente falta de compromiso. Lo maravilloso del evangelio es que Cristo suple nuestros faltantes y se glorifica en nuestras debilidades. ¿Estoy diciendo que no debe hacer nada? ¡De ninguna manera! Pero no se condene por no poder alcanzar su ideal. Cristo no descartó a Pedro porque no alcanzó el ideal de dar su vida por él. Volvió, lo animó y lo puso a trabajar en la tarea para la cual lo había apartado. Así también hará en su vida y la mía.



 

Mike Yaconnelli Adaptado del libro Messy Spirituality, ©Editorial Zondervan, año 2003.

Apuntes Pastorales Volumen 23.4


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