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Dios, hombre y trabajo

Teología del trabajo


En nuestro contexto cuando hablamos de trabajo, frecuentemente nos referimos a trabajo remunerado. Los muchísimos trabajos que hacemos en casa, aquellos que tienen que ver con el cuidado de los hijos o de personas mayores que están a nuestro cargo, el trabajo voluntario que hacemos para la iglesia u organizaciones cristianas no tienen la misma consideración a nuestros ojos. Esta concepción del trabajo es tan generalizada que podemos hablar de una concepción cultural. Cuando nos encontramos con alguien por primera vez le preguntamos ¿Y tú qué haces? Y el otro nos contesta: “Soy albañil” o “trabajo en Telefónica”. Instintivamente sabemos que esa pregunta significa: ¿Cuál es tu trabajo remunerado? Casi es un problema, esta pregunta para aquellos que no tienen un trabajo remunerado. Ellos ¿Qué son? Nuestro trabajo define quienes somos en nuestra cultura más que cualquier otra cosa.


No ocurre así en otras culturas. En Asia la pregunta de inicio para romper el hielo es sobre la familia de uno. Eso también implica una serie de valores. Implica que lo que uno es, más que ligado al trabajo, se mide por la familia a la que pertenece. Pero esta idea de trabajo encaja difícilmente con la visión de las Escrituras. Nuestro mundo está muy dividido en compartimentos. En el mundo Antiguo, toda la realidad de una persona estaba estrechamente conectada. Su mundo era uno, su casa, su empleo, su familia, todo era uno. La gente trabajaba en casa, o en el entorno de la casa. Las relaciones y el trabajo eran una unidad.


Para poder entender la Biblia necesitamos un concepto mucho más amplio de trabajo. John Stott sugiere esta definición de trabajo en términos bíblicos:


“Trabajo es el gasto de energía (manual, mental o ambas a la vez) en el servicio a otros, que conlleva realización al que lo realiza, beneficio a la comunidad y gloria a Dios”.

Quizás os suena una definición excesivamente ideal. Dejadme que siga explicando más. Fijaos que la definición de John Stott, va mucho más allá, y tiene poco que ver con nuestro concepto de trabajo como trabajo remunerado. ¿Estoy trabajando cuando leo una historia a mi hija cuando se va a dormir? En un sentido estoy trabajando. Unos días puede ser para mí una tarea, en otros puedo sentirme completamente entusiasmado. Pero en ambos casos hay un gasto de energía y conlleva realización para mí que lo leo, y beneficio para mi hija, mientras que trae gloria a Dios. Lo mismo sucede cuando ayudo a un anciano, a un amigo, o participo en una reunión de padres del instituto. Algunas de estas actividades pueden ser respuestas instintivas a gente necesitada, otras pueden estar muy bien planeadas. Algunas pueden parecer que no necesitan esfuerzo, o incluso que son un placer realizarlas, otras pueden ser un deber y requieren de mayor disciplina. Pero todas esas tareas son trabajo.


Dios como trabajador


Génesis 1 nos presenta a un Dios trabajador. Esa es la primera impresión que Dios ha querido causar, esa es la tarjeta de visita que ha empleado. La Biblia se inicia con un “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”, no “En el principio Dios se sentó majestuosamente en su trono”. La primera acción de Dios descrita en la Biblia es que Dios trabajó, hizo algo. La semana de la creación es una semana de trabajo, completamente relacionada con el trabajo. Y Dios no acaba su trabajo en esa semana. Cuando dice que al séptimo día descansó, no quiere decir que Dios se tomó unas vacaciones eternas, y que Dios sigue en esas vacaciones. A veces nos imaginamos así a Dios, descansando, ocupado en no se qué galaxia creando una nueva flor. Pero lo que nos enseña la Biblia es un conjunto de imágenes de Dios como trabajador. Dios en la Biblia es un pastor, un alfarero, un arquitecto y constructor, un jardinero, un agricultor, un músico, un artista. La Biblia nos presenta esta realidad, la naturaleza de Dios es que Dios es un trabajador.


Creados para trabajar junto con Dios


Ver a Dios como trabajador no es el cuadro completo, pero sí nos marca mucho de su carácter. Y eso es necesario entenderlo cuando hablamos de la creación del ser humano, ya que Dios afirma que nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza. Tal como es el carácter de Dios, así es nuestro carácter.


Daos cuenta, eso es lo que Dios enseña del hombre antes de la caída. Así es como Dios nos hizo antes del pecado. El trabajo no es una consecuencia del pecado como se dice tantas veces. No es una maldición bíblica, sino que es parte del carácter eterno de Dios. Aunque el hombre jamás hubiera pecado contra Dios, seríamos igualmente trabajadores. Esto es algo de lo poco que conservamos de la situación anterior a la caída. Por supuesto que el trabajo también ha sido afectado por la caída, de hecho no hay nada que no haya sido afectado, pero el trabajo en sí no es maldición. Las implicaciones del capítulo 2 de Génesis nos avisan de que nosotros hemos sido hechos para parecernos a Dios y reflejar lo que Dios es. Nosotros somos trabajadores porque estamos hechos a la imagen de un Dios que es trabajador. Tenemos que estar ocupados en actividades creativas y llenas de propósito. Está en la esencia de lo que somos.


También forma parte del plan de Dios el descanso. Cuando Génesis 2:2 nos dice que al séptimo día descansó, no nos está diciendo que Dios estaba cansado y que necesitaba descanso. Tiene una implicación de disfrutar aquello que había creado, de gozarse del trabajo realizado. El descanso complementa necesariamente al trabajo y nos permite disfrutar de aquello que hemos realizado. De la misma manera se nos dice que vio Dios lo que había creado y le pareció bueno. ¿Cuál es el sentido de esta evaluación? ¿Es que acaso era posible que un Dios omnisciente y todopoderoso creara algo menos que la perfección? ¿Es que acaso Dios se está sorprendiendo de que las cosas no le hayan salido tan mal? La finalidad de este versículo no es Dios, sino el ser humano. Es preciso que nosotros sepamos que toda la creación es obra de Dios. Es preciso que sepamos también que, aunque vemos un mundo imperfecto y caído, que a veces se vuelve contra el mismo ser humano con fuerzas telúricas, sigue conservando ese sello de Dios, y que, por lo tanto, el mundo material no es intrínsecamente malo. Lo material es bueno, porque es creación de Dios. No hay dos esferas separadas, el mundo de lo espiritual que es bueno, y el mundo de lo material que es malo. El primero creado por Dios, el segundo, como producto de la desgracia. Ambos son obra de Dios, y ambos son igualmente buenos. Si nos quitan esta posibilidad, nos quitan algo esencial para nuestro bienestar. Pero aún mucho más que esto, cuando trabajamos entramos en un compañerismo especial con Dios. Cuando trabajamos ayudamos a llevar a cabo sus propósitos en la tierra. Dios transforma la realidad, hace su voluntad, a través de tu trabajo.


El mandato cultural que Dios dio a Adán y a Eva es el de compartir el trabajo de Dios. Desde el principio Dios preparó el jardín para confiarlo en nuestras manos. Dios quería que trabajásemos en cooperación con Él. El mandato cultural, de llenar la tierra y sojuzgarla, representa el concepto de mayordomía, que es un concepto muy rico. Implica trabajar con Dios. Lo que significa es que la importancia y el valor de nuestro trabajo tiene que ver directamente con cuánto está conectado con el trabajo de Dios.

La creatividad humana está íntimamente relacionada con el trabajo creador de Dios. Dios crea de la nada, nosotros creamos con los elementos que el nos ha dado. El ha creado los colores, nosotros los combinamos para hacer algo artístico y bello. En el Génesis Dios crea a los animales, pero luego es el hombre el que les pone nombre, aquí hay compañerismo, un modelo para explicarnos el trabajo del ser humano. El hombre es invitado a añadir su creatividad al trabajo creativo de Dios. El hombre tiene ambas, gran responsabilidad y a la vez gran libertad. Lo que Génesis dibuja es al hombre como colaborador en la creación de Dios. El hombre está hecho a la semejanza de Dios, y esa semejanza tiene por lo menos dos facetas. En primer lugar el ser humano es un ser espiritual, lo que le distingue del resto de los animales, y que tiene la capacidad de relacionarse con Dios que es espíritu. Pero en segundo lugar, el ser humano tiene una semejanza de propósito, el ser humano ha sido creado para cumplir con los propósitos de Dios y para identificarse con ellos. Nuestro trabajo es cuidar de la creación de Dios. Somos los mayordomos de esa creación. Manifestamos nuestra semejanza con este Dios creador en dos aspectos claves: La creatividad y la investigación científica.


La creatividad nos permite explorar nuestras semejanzas con un Dios que no fabrica clones, sino seres completamente distintos, con un Dios que tiene sentido de lo estético y que ha creado belleza para que nos dé testimonio de su existencia y de su carácter. Por otra parte la investigación nos permite penetrar en la trama de la que está hecha el mundo, o incluso la tremenda complejidad de la que nosotros estamos hechos.


Sin embargo, parece que la Iglesia actual ha renunciado a las consecuencias de la fe. Se está centrando en los aspectos espirituales de la fe, renunciando a la mayordomía de la Creación. Los creyentes están dejando en manos de los no creyentes la mayordomía de la creación, y el resultado es que el no creyente administra como dueño y no como mayordomo esa creación. Hemos espiritualizado tanto el mensaje que, a veces, incluso se ve como sospechoso al discípulo de Cristo que dirige sus esfuerzos a la investigación o a la creación artística. Hemos espiritualizado hasta tal punto nuestra tarea que hablar de ecología nos parece algo propio del mundo. Estamos dejando la defensa de la tierra, nuestro mandato divino de cuidar de la tierra, al no creyente.


Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL



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